
En un campo de risas y nubes flotantes,
los concursantes llegaron muy relajados.
Con tartas de frutos y risas y sueños,
el THC en sus cabezas vibraban,
la gran competencia ya había comenzado,
y la mesa llena de dulces era un espectáculo.
El primero se lanzó con gran determinación,
marcador de tartas en su frente brillaba;
“¡Soy un campeón!”, gritó con convicción,
pero se distrajo, la tarta le hablaba,
“Come de mí, soy delicia pura”,
y él solo rió, ¡vaya gran locura!
La segunda competidora con gran emoción,
creyó que la tarta era un platillo volador,
con su visión borrosa y su pobre atención,
persiguió al postre como si fuera amor;
cada bocado parecía un viaje sideral,
danzando entre migas, ¡qué final surreal!
El tercero estaba serio, casi en trance,
mientras vencía la tarta sin preocupación;
“Estoy tan concentrado”, decía en su avance,
“que hasta creo que soy un gran campeón,”
pero una migaja en su nariz atascó,
y con un estornudo su título se esfumó.
Mientras todos reían, llegó el gran jurado,
con ojos rojos y un gran corazón;
“¿Quién será el rey de este dulce legado?”
pero se quedó dormido, ¡menuda desilusión!
Las tartas encantadas brillarían todavía,
ha comenzado la lucha, ¡qué gran melodía!
Y así en el campo, entre risas sin fin,
los concursantes y tartas se fueron fusionando;
riéndose todos, el THC sin fin,
en un festín de dulzura tan desconcertante.
La victoria no importó, ¡solo diversión!
en el Gran Festival, ¡viva la emoción!
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