
En un bar de la esquina, con luces que titilan,
trabaja un cantinero, su nombre es Tomás.
Hoy se siente ligero, como ave que camina,
pues un porrito fumó, y la vida es paz.
Los clientes llegan rápido, sedientos de vino,
“¡Una cerveza fría!”, grita un tipo voraz.
Tomás mira el grifo, le parece divino,
y acaba sirviendo, ¡dos litros de paz!
“¿Qué tal un cóctel?”, pregunta una dama,
“Un mojito, cariño, pero que sepa a mar.”
Tomás en sus recuerdos, de la playa reclama,
y le mezcla canela, ¡qué rarísimo va a estar!
Cuando suena la música, la pista se llena,
y Tomás se mueve, como si danzara en el mar.
Un cliente ingresa, con pinta de novela,
“¿Dónde está el lavabo?”, ¡hasta el tres se hizo un “par”!
La noche avanza, y el bar va en locura,
cero tierra, y mucho cielo; todo es un carnaval.
Tomás se asoma, con esa gran ternura,
y grita, “¡Brindemos por el amor y el mal!”
Al final de su turno, con risas se marcha,
“Soy el mejor cantinero, y punto a resaltar.”
Mientras cierra el bar, se da una buena parcha,
“¿Habrá sido el cocal, o solo un buen reventar?”
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