
En un campo había un mercado,
donde el amor era un poco exagerado.
Los tomates abrazaban a las lechugas,
y las zanahorias bailaban en las murallas.
Los agricultores sonreían de oreja a oreja,
mientras la menta cantaba su propia odisea.
"¡Amigo! ¡Prueba esta calabaza hermosa!
Y asegúrate, traeme otra rosa!"
Un viejo perico con gorra de paja,
repetía chistes que no tenían malla.
"¿De qué color es el sol en el cielo?"
—"¡Naranja, rojo y un poco de veneno!"
Las sandías jugaban a ser la pelota,
mientras un pepino hacía su pirueta locota.
¡Ay, qué salsas! ¡Qué vinagres frescos!
La buena vibra llenaba hasta los ceniceros.
“¡Ven aquí, amigo! ¡Te haré un descuento!”
gritaba un vendedor con mucho sentimiento.
“No, gracias, solo busco lechuga.”
“¡Pero mira! Esta es una locura.”
Finalmente, ya en casa, con mi compra,
me río al pensar en la parafernalia tonta.
En el mercado, la risa nunca falta,
por culpa de un poco de cannabis que desata.
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