
Una siesta tomé en el sofá,
y un porrito encendí sin pensar,
en un instante perdí la razón,
y la almohada se volvió un avión.
Despegando volamos sin dirección,
sobre nubes de risas y un buen montón,
las paredes reían, el reloj se detuvo,
y mi perro, el piloto, ladrando estuvo.
Por un bosque de golosinas pasé,
donde las hojas eran de algodón, ¡qué placer!,
los árboles cantaban canciones de amor,
y hasta las piedras tenían su humor.
Un pez me saludó con una sonrisa,
y me ofreció un té de hierba precisa,
"¡Ven, amigo, aquí la vida es genial!",
y yo respondí: "¡Esto es fenomenal!"
Pero de pronto, con un gran susto,
el despertador sonó como un chiste injusto,
y en mi sofá, aún soñando estoy,
pensando: "¿Cuándo es el próximo chuy?"
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