
En la pantalla brilla un mundo tan divino,
con colores que parecen salirse del lienzo.
El gamer mira y se siente un genuino,
mientras fuma, sus dedos buscan el destino.
"Esos gráficos, yo soy un adicto,"
dice con risa, en su sillón enclaustrado.
Con su galleta de hierba, va navegando,
en un juego donde los enemigos son sombras.
"¡Qué textura!", exclama, cautivado,
"¡Eso es arte! ¡Es el arte, impreso en ropas!"
Se olvida de misiones, del nivel esperado,
solo anhela el brillo, un festín del teclado.
Las texturas parecen un manjar de la vida,
la hierba en su mente hace que florezca.
"¡Qué fantasía!", ríe, y se siente en la cima,
le da un trago a su refresco, la tristeza desaparezca,
"Si encuentro un dragón, que sepa que esta partida
será digna de un cuadro, de una pieza maestra".
De repente, un bicho alado aparece,
los gráficos chispean, un festín visual.
"¡Eres tan hermoso!", el gamer se estremece,
mientras en el sofá se desata lo emocional.
¡Qué broma, el culto a los píxeles crece!
Y en su mente perdida, asume el papel de ritual.
Las horas pasan, el juego sigue en su locura,
los gráficos lo atrapan en un embrujo brillante.
"¡Soy un héroe!", grita, con gran desmesura,
pero luchando apenas, en el sofá es un gigante.
La hierba, sin duda, le da gran plenitud,
pero ¡vaya, lo atrapó en un giro delirante!
Finalmente cae en la cuenta del enredo,
"he olvidado la cena y el sueño está en juego,"
con su mirada perdida en el eterno enredo,
¡mientras el mundo real se hace más pequeño!
Así, el gamer ríe, en su aventura divino,
por gráficos de cannabis, ¡y un poco de fuego!
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