
En un barrio de risas, hay un dispensario,
donde el budtender sabe tu nombre, ¡es un relicario!
Con flores y risas del más variado color,
te recibe con un enorme, chismoso fervor.
“¡Hola, Juanito!”, grita al abrir la puerta,
“¿Quieres tu sativa o la índica más cierta?”
Juanito, sorprendido, le lanza una mirada,
“¿Cómo sabes mi nombre? ¡No es la primera jornada!”
“Es que tengo memoria, como un archivo gris,
sé de tus antojos, ¡te gusta el sabor a malvavís!
Y de la última vez que pediste sin pensar,
en la noche oscura, apenas pudiste caminar.”
Las risas estallan como burbujas en el aire,
mientras otros clientes entran con un gran desaire.
“¡Hola, María!”, grita, “¿hoy un poco de chocolate?”
Y ella sonríe, “sí, necesario para mi debate.”
Así va el día en el dispensario amigo,
entre bromas y historias, juntos, son un abrigo.
Pero un día un extraño cruzó la puerta,
y el budtender miró con cara muy cierta.
“¿Y tú quién eres, amigo de la duda?”
“Soy José, el nuevo”, se presenta con una actitud ruda.
“¿Cuál es tu pedido? La cosa se complica.”
El budtender sonrió: “No hay nada que te justifica.”
“¡Tú no conoces mi nombre, así que no hay trato!”
dijo José, con un toque de desacato.
“Pero aquí sólo hay amor y gran diversión,”
respondió el budtender, “¿quieres una probadita de pasión?”
Al final, José rió, su actitud se deshizo,
y pidió un poco para un “relax en el aviso”.
Así, entre risas y amistades floreciendo,
se convirtió el dispensario en un hogar divertido.
Así termina la historia, con todos reencuentros,
en una tienda de risas, donde se olvidan los lamentos.
Así que si te sientes perdido en la bruma,
ven al dispensario y que la risa se acumula.
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