
En un día soleado, caí en la cama,
con un toque de hierba, mi mente se inflama.
“Solo un instante”, dije con gran destreza,
pero la siesta me dio una inesperada belleza.
Los sueños comenzaron a girar y a danzar,
de repente, la almohada se quiso escapar.
“¡Espera!”, grité, ¿dónde vas tan apresurada?
Así comenzó mi viaje en la siesta cansada.
Primero un bosque de galletas y pasteles,
donde los árboles bailaban con grandes pinceles.
Las nubes de azúcar me ofrecieron un té,
y el sol se reía de mi ansia de comer.
Me encontré con un pez que sabía a aguacate,
hablaba de cosas que el tiempo había olvidado,
“¡Ven, viajero!”, dijo, “la fiesta no para,
mientras más duermas, más locuras se aclara.”
Un unicornio verde me enseñó a volar,
sus alas de papel me hicieron vibrar.
“Eres un héroe”, me dijo en un guiño,
“de la siesta más épica de este pequeño destino.”
Pero el reloj sonó, la siesta se acabó,
y en un salto de retorno, a la cama llego yo.
“¿Qué fue lo que pasó?”, pregunté con asombro,
y la hierba me sonrió: “¡Solo un sueño en un combo!”
Así que a veces una siesta puede ser,
el principio de un viaje, de reír y de hacer.
Con un poco de risas y cannabis que abruma,
los mejores relatos nacen en la bruma.
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