
En un sofá blando, los amigos se sientan,
con un porro en mano, las ideas se fomentan.
Ríen y se miran, la musa llega,
pero su enfoque, ¡ay! ¡Nunca despega!
“Escribe sobre amor”, dice Juan con destreza,
“o sobre una nube que juega al ajedrez.”
Pero las palabras se escapan a su vuelo,
y terminan riendo del gato en el suelo.
“¡Oh, musa del fuego! Ven, ayúdanos, por favor,”
grita Ana entre risas, llena de sabor.
Pero la única cosa que llega de repente,
es el olor a pizza, ¡y un zorro sonriente!
“¡Esperen un momento, tengo una gran idea!”
dice Pedro con brillo, mientras estira la terea.
Escribe sobre el cielo y las estrellas brillantes,
pero termina hablando de sabanas y alfajores gigantes.
Al final del día, las rimas no son tales,
y los poemas se convierten en divertidales.
Pero en las risas y en el calor de la amistad,
los versos imperfectos, son pura felicidad.
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