
En un pueblito suculento, al sol del mediodía,
se reunió una extraña gente, con risa y algarabía.
Con bocas llenas de pastel, y mentes de THC,
la competencia comenzó, ¡ay madre, qué locura fue!
Con galletas, nueces y crema, los pasteles estaban listos,
los competidores se abalanzan, como ciervos en tributos.
“¡Mira, un unicornio en el cielo!” gritó uno con risa,
mientras su pastel volaba en una divertida brisa.
Pronto llegó la jueza, de mirada soñadora,
con gafas de sol y una sonrisa que enamora.
“¡Que empiece la competencia, que el pastel no se enfríe!”
Justo cuando dijo eso, uno se cambió de sonrisa.
Con un bocadito a la vez, sus bocas llenas de crema,
uno se distrajo y pensó, “¿Dónde está mi esquema?”
El primero cayó en un mar de arándanos locos,
mientras los otros competían, llenando sus trocos.
Risas y jadeos triunfaron con cada bocado,
con trozos de pastel volando, ¡parecía un asado!
“¡Es un pastel de fresa!” gritó uno mientras bailaba,
pero al mirar su plato, ¡su cara ya no brillaba!
Y así en el concurso, el tiempo se desvanecía,
los pasteles desaparecían, como la noche fría.
Cuando el último mordisco fue devorado en alegría,
un aplauso ensordecedor, cortó la pereza de la vía.
Al final, con sonrisas y las barrigas llenas,
los competidores celebraron, en sus locuras ajenas.
Y así concluyó la historia de un concurso sin par,
donde el pastel y la risa, se unieron a reinar.
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