
En la pantalla brilla el código, brillante,
con una nube de ideas que vuela y danza.
El ingeniero ríe, pensamientos distantes,
en su mente flotante, todo combinando.
“¿Por qué no funciona?” se pregunta, asombrado,
mientras su gato le mira, en un sofá enrollado.
Las funciones son largas, todo un laberinto,
pero él añade comentarios que no tienen sentido.
“Esta línea, tal vez, sea un bello canto,”
suelta entre risas, su lógica, en un rincón.
Con THC en su sangre, el código errante
se convierte en poesía, como un verso brillante.
Una variable cae, como un chiste malo,
“¿Por qué no se mueve?” se encuentra en un ciclo,
escribe un “while” que no tiene final,
“Yo también me quedo aquí, no hay un parón.”
Las horas pasan volando, como nube encantada,
al ingeniero le ríen sus locuras sagradas.
El café está frío, pero él es feliz,
en un mar de ceros y unos, un pirata en su sueño.
“Voy a probar esto,” dice, con aire travieso,
y con un clic mágico, ¡su programa es fuego!
Ríe entre líneas, con el dedo en la boca,
“¡Qué bien compilo!” y hasta la gracia evoca.
El gato observa todo, sin entender nada,
mientras el ingeniero, en su mundo, improvisa.
“Esto es arte,” declara, con aires de verdad,
y cada error se convierte en pura risa.
Con el toque del THC, su mente revolotea,
y entre risas y códigos, todo se blandea.
Al final del día, un bug se desata,
el ingeniero exclama: “¡Esto sí que es un lío!”
Pero con un brillo, y una sonrisa risueña,
deja el código listo para un nuevo desafío.
Entre locuras de risa y la nube en su mente,
el ingeniero bravo vive el código y el arte presente.
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