
En un sótano oscuro, una mesa se alza,
cuatro amigos listos, con ardor y con balas,
con dados en mano y risas de sobra,
hoy van a luchar, aunque el sueño se cobra.
“Soy un elfo mágico,” grita Juan sonriendo,
pero sus ojos rojos todo lo van diciendo,
“No, eres un orco,” ríe Paula burlona,
y en un giro de dados se convierte en persona.
Con el THC delante, todo parece etéreo,
mientras el dragón lanza su fuego temerario,
“¡Ataca con fuego!” grita Pedro tratando,
pero lanza una piedra y ¡oh cielos! ¡Está fallando!
“¡Dame miel y maní!” suplica la troll,
mientras Pablo se sienta con un gran rol:
“Soy un guerrero, fuerte y temido,”
pero en su mente cautiva, está muy confundido.
El DM se ríe, mientras cuenta los dados,
las mecánicas fluyen, pero todos están cansados,
un hechizo fallido, un ataque fútil,
terminan en risas, siguiendo el hilo sutil.
“¿Qué es lo que hacemos?” se preguntan en rima,
y se olvidan del dragón, de la espada que brilla,
se sumergen en cuentos de estrellas lejanas,
mientras su aventura se vuelve muy humana.
Y así va la noche, entre sueños y risas,
héroes olvidados, en mil místicas prisas,
un brindis por amigos, por locuras y ahorros,
Dungeons y Dragones: ¡brindemos por sus cueros!
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