
Un apicultor alto en perdición,
sus abejas vuelan, ¡qué lío!,
al campo llega con gran ilusión,
en su cabeza hay un gran vacío.
Con un dulce aroma, él se desliza,
sigue la danza, un extraño desafío.
Bailan las abejas, él está distraído,
con un tarro de miel y un pie en el aire,
pensando en la vida, todo colorido,
"¿Y si el panal tiene algo de enrevesado?",
se ríe ligero, el trabajo es sagrado,
mientras se pregunta si hay un mundo en su aire.
Las flores lo miran, él se siente grande,
con su traje blanco y su sombrero en la cabeza,
mas las abejas zumban, él baila, se expande,
“Quizás soy un rey en esta naturaleza,”
pero una de ellas le pica en la oreja,
¡Ay! La risa y el dolor son una belleza.
En casa, su esposa pregunta: “¿Dónde estás?”
él solo ríe y dice: “En un sueño real,”
“¿Del trabajo o del panal?”
“¡Del agridulce!” responde con un gesto triunfal,
deja a las abejas un arte visual,
y al final del día, lleva miel en especial.
Así va la historia, un poco altisonante,
del apicultor que voló hacia la luna,
con sus abejas, danza constante,
cada tarde extraña, llena de fortuna,
entre risas y zumbidos cantarines,
y un trabajo que hoy no es de una ninguna.
Al final del día, él se sienta a soñar,
con su dulce miel y su mundo tan alegre,
con un toque de risas que siempre va a estallar,
mientras bailan las abejas con su ritmo de niebla,
y aunque embriagado, él nunca se queja,
pues la vida es mejor en burbujas de azúcar y abeja.
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