
En la mañana, el café ya no importa,
el humo de su pipa lo envuelve sin prisa,
prometiendo un día de risas y locuras,
con teorías que vuelan de alta esfera.
En su mente, los libros se mueven danzando,
y el aula se vuelve una fiesta ligera.
Con su chaqueta un poco arrugada,
el profesor explica, pero ¡oh sorpresa!,
las fórmulas se convierten en chistes,
sus alumnos rían, ¡qué clase tan rara!,
un fractal se suma, un gato parece,
y todos se preguntan: ¿en qué está pensando?
Las teorías son nubes, se disipan volando,
los conceptos se mezclan como licuadora,
alguien grita: “¡Aquí hay una falta!”,
y él responde: “¡No, es solo una alondra!”
Los apuntes son magia, hechizos flotando,
y se siente más sabio al pisar esa alfombra.
Los exámenes nunca fueron tan claros,
el “cuatro” se vuelve un “nueve”, ¡qué locura!,
y al final de la clase se siente en la gloria,
los estudiantes se marchan pero llenos de dudas,
en sus caras se ven risas y chistes,
y el profesor se pregunta: “¿Fue una buena historia?”
Cuando llega la tarde, la mente se asoma,
con sus ratones de laboratorio danzando,
dice un alumno: “Mira, ¡esto son humanos!”,
y el profesor solo ríe, su pulgar levantando,
entre experimentos volando en su mente,
la vida se siente como un sueño encantando.
Así es el profesor de la universidad,
fumando su hierba para mejorar la clase,
con cada tópico que vuela, gira y juega,
las lecciones se vuelven pura hilaridad,
con risas y teorías, su arte no cesa,
y a todos nos deja pensando en su hazaña.
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