
En la clase del profesor, la risa no cesa,
con un toque de hierba, comienza la mesa.
Dando lecciones de historia, qué gran primor,
confunde a Napoleón con su amigo el flor.
“¡Estudiosos, escuchen!”, grita con fervor,
“¿Quién necesita libros cuando hay buen sabor?”
Los datos vuelan altos, como en un gran festín,
y se siente un aire de antaño por allí.
La química resuena, los átomos giran,
y él, muy concentrado, pura magia respira.
“Hidrocarburos, amigos, ¡un gran descubrimiento!”,
y se escapa del aula, buscando un aliento.
Cuando llega el examen, todos en duda,
pues su lógica de humo es más que una locura.
“¡Sopa de letras!”, le grita un valiente,
y en vez de respuestas, les da un buen presente.
Con su pipa dorada y su mente volando,
el profesor se despide, “¡hasta el otro año!”
Fue una clase monumental, de risas y fulgor,
pues el humo del saber siempre es un gran valor.
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