
En un tablero que brilla, las piezas danzan,
los reyes se mueven con gestos inciertos.
Los caballos flotan, hacen piruetas,
mientras los peones, al son, se enamoran
de estrategias que parecen de otro mundo,
y el tiempo se escapa tras nubes de humo.
Un jugador ríe, "¡Esa es la jugada!"
su mente divaga entre risas y risas,
pero el reloj avanza, pregunta su madre:
“¿Es ajedrez o una rave?” a los competidores.
Vive en un sinfín de colores y luces,
mientras las alfiles ya rondan la luna.
Una reina flota, su corona en alto,
“¡Más vapor!” grita, ante un rey que titubea,
las torres son dragones, luchan con fuerza,
y cada jaque es un viaje estelar,
algunas estrategias no tienen sentido,
“¿Por qué moverme si el gato está allá?”
El arbitro les mira, con gesto utópico,
“Ya no hay reglas, solo sueños y risas,”
toma su pipita y da su veredicto:
“Feliz empatía entre el rey y la reina,”
¡Bolitas de universo! ¡Cuántas se echan!
y así, la partida se vuelve un festín.
Y en el final, sin edades ni trofeos,
los rivales se abrazan, ¡qué clase de juego!
“¡Quién necesita ganar!” ríen en su nube,
“solo un tablero, y un gramito de amor,”
en el aire flotan palabras de amistad,
y la risa se oye, más allá del final.
Así quedó la historia de un torneo raro,
donde el ajedrez fue una ganja brillante,
y mientras las piezas soñaban despiertas,
el humo y el ingenio crearon un arte.
El campeón, ¿quién? No importa, amigos,
pues en el tablero todos somos iguales.
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