
En un pueblo lejano, donde el sol nunca se inunda,
se llevó a cabo un evento que la risa fecunda.
Competidores locos, con ojos de lucero,
se reunieron ansiosos, todos bajo un gran sombrero.
Con pasteles de fresa, de chocolate y de manzana,
los participantes rieron, en la gran caldereta.
“¡Empiecen!”, gritó Juan, un chico muy risón,
pero todos estaban en un viaje, ¡menuda situación!
María, la primera, tomó su pie con destreza,
pero al dar el primer bocado, perdió toda sutileza.
“¿Esto es un pastel o un bache en la carretera?”,
dijo riendo a carcajadas, mientras el globo se eleva.
Juan se metió un pie, y luego un segundo,
“¡Soy el rey del pastel!”, ¡se sentía tan fecundo!
Pero al final de la línea, su panza fue un tambor,
y todos los demás lo miraban con candor.
“Mira, ahí viene Pablo, el más lento de todos,”
con su pogo de pasteles y sus adobados modos.
Lo veían dar vueltas, sin rumbo ni razón,
“¿Dónde está el pastel?” gritaba con gran emoción.
Más risa le dio a María, ¡al verlo de ese modo!
“Pablo, amigo, no flipes, ¡ese es un pie de hondo!”
Y así entre risas, el concurso avanzó,
dejando una estela de dulzura y mucho humor.
Al final de la jornada, el jurado estaba en crisis,
pues todos tenían suerte de un sabor que se desliza.
“¡Que ganen todos!”, gritaron en armonía,
mientras el pueblo reía, llenos de alegría.
Así acaba la historia de un concurso peculiar,
donde la risa y la risa no pararon de reinar.
En un mundo azucarado, donde todo es mejor,
decimos ¡salud! a los pasteles y al buen humor.
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