
Al reloj le falta un latido, ¡ay! ¿Qué hora es?
Las cuatro y veinte, el momento esperado,
mi amigo llega con un toque de frenesí,
en su mano lleva el más verde de los sueños,
un ritual que nunca se detiene,
y el humo se alza como si fuera arte.
Con risas, mi risa, ¡qué buena parte!
la picadura va lista en un alarde,
mi perro se sienta, ¡sabe qué hora es!
Al aire se siente el amor del enredo,
pero al encender, el fuego se siente,
y un estornudo traspasa el momento.
Un concurso de quién se ríe primero,
mientras el fuego hace su pasaporte,
pasamos bocados de risas y cuentos,
la vida es más dulce cuando todo está bien,
y entre una nube de humo radiante,
nos reímos hasta que nos falta el aire.
Los vecinos preguntan si hay fiesta, ¡qué error!
nosotros solo alistamos un buen espacio,
pues por más que parezcamos en jadear,
somos artistas de este peculiar arte,
con cada bocanada en nuestra parte,
creamos un mundo, ¡a reír, por favor!
A las cinco, el reloj ya no importa,
con el mundo girando, la risa se asoma,
olvidando las horas, el tiempo me abruma,
y el ritual de las cuatro y veinte me llama,
como estrella fugaz que siempre se apaga,
pero hoy, con amigos, es fulgor y chiste.
Así transcurre la tarde dorada,
en un susurro, va el momento,
todo lo que importa es la risa regada,
mientras se apaga la llama del día.
Así, con cada bocado de felicidad,
recordamos que a veces hay que reírse, ¡caramba!
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