
En un sofá suave, amigos se asientan,
con risas de risa y ojos brillantes,
bajo el efecto de la THC volando,
sus plumas danzan, sus ideas flotan,
y entre bocanadas crean versos locos,
como si el viento les soplara respuestas.
“Voy a escribir sobre un gato que vuela,”
dice Juan, mientras rueda por la silla,
“con un sombrero y una bebida fría,”
y todos ríen, el humo se desliza,
“¡Tu gato se va a volver un poeta!”
exclama Sofía, causando una risa.
Los ritmos fluyen como ríos de sueños,
mientras Carlos murmura de un pez guerrero,
que lucha con tiburones y gana bastante,
un auténtico héroe, ¡esto es el destino!
“Al fuego del arte,” suelta algún loco,
al tiempo que apagan un porro encendido.
Y así se suceden las rimas perdidas,
por mil caminos en su mente explosiva,
con cada idea que se vuelve risible,
sus palabras ríen, se hacen infinitas,
y la hoja se llena de versos drásticos,
de un gato volando y un pez en la vida.
“¿Y si un día, en la luna bailamos?”
pregunta Ana, con voz de primavera,
“en lugar de rimas, hacemos estallidos,”
y todos aplauden, “¡Eso es lo que quiero!”
en un torbellino de risas sonoras,
sus corazones flotan, llenos de quimera.
Así entre chistes y versos se pasan,
una noche loca que nunca se acaba,
donde el THC, con su toque divino,
regala a la amistad un brillo genuino,
entre poemas absurdos y risas desbordadas,
los amigos son poetas, en nubes encantadas.
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