
En la barra llega un tipo volando,
con el brillo de estrellas en la mirada,
donde los tragos parecen flotar,
y la cerveza se vuelve bruma dorada.
“¡Una caña!”, grita un cliente egocéntrico,
y el barman ríe, pero no está muy claro.
Un trago aquí, un trago allá, volando,
los hielos son nubes, él los atrapa,
mientras los clientes le piden de todo,
a veces mezcla lo dulce y lo amargo,
con un toque de risa que suena en la sala,
”¡Este es un zumo de luna llena!” exclama.
La barra es su reino, todo está flotando,
mientras el reloj en su mente gira,
se pregunta si la caña es de barro,
o una ilusión de un día con brisa.
“¡Sírvanme un whisky, pero con helado!”
“Sí, claro, y un par de alas de ángel,” asegura.
Los clientes comienzan a reírse, asombrados,
con cada sorbo que el camarero confunde,
un caipirinha o un triste enfado,
le deja la cabeza más ruidosa y profunda.
“Te traigo un batido… ¿o una margarita?”
y al final, todos piden su “propina”.
Un trago especial empieza a prepararse,
con un toque de jengibre y un guiño, encanto,
de repente recuerda su tarea, un resbalón,
y el trago vuela, ¡se convierte en un canto!
La barra estalla en risas, no hay nada peor,
que un barman elevado, lleno de amor.
Así que brindemos por el cantinero,
que entre risas y sueños, nos mantiene a flote,
con su arte sutil y algo desproporcionado,
en un bar mágico donde el humor es el mote.
Una jornada alegre, entre risas, subidas,
¡y un montón de anécdotas altisonantes!
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