
Había un atleta muy relajado,
con un porro siempre a su lado.
Con cada salto y carrera,
se reía de la espera,
y en la meta llegó desmayado.
Las medallas brillaban de risa,
con chistes sobre la brisa.
El fuego nunca paró,
pues el humo voló,
y en la pista, todo fue una misa.
Los lanzadores usaron su ingenio,
mientras daban un gran pequeño.
El disco voló con destreza,
pero fue la pereza,
lo que hizo que acabaran en sueño.
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