
Había una vez un apicultor,
que llegó al trabajo con un gran vapor.
Con las abejas danzando a su alrededor,
sintió una risa que solo trajo confusión.
Se puso la malla, ¡pero no del revés!
Vió flores en el aire y no en un jardín,
pensó que eran mariposas cantando en red,
y sonrió como un niño feliz al confín.
Las abejas zumbaban, "¡Ey, qué va!",
él les respondía: "¡Eso no es nada, chaval!
Hoy solo quiero bailar y zumbar,
vamos, amigas, ¡a polinizar!"
Al final del día, el colmenar fue un show,
con miel y risas, ¡ay, qué gran lío!
Él se olvidó de su trabajo, y aunque parezca un horror,
las abejas pensaron que era un buen trato, ¡un gran honor!
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