
Un ingeniero con THC, rabia y paz,
siente el mundo entre líneas de su código en danza.
Con su mente volando, ágil va sin más,
cada error se convierte en una extraña balanza.
Sintió que una variable se fue a bailar
y grita: "¡Ay caramba! Me olvidé de compilar!"
Las luces parpadean, como estrellas en el mar,
cada función un misterio, un rompecabezas sutil.
Ríe de su lógica, le empieza a gustar,
los bucles son sueños, el compilador un perfil.
Con unos pocos tacos y un toque de sal
sus líneas de código se vuelven un mural.
Mil bugs resplandecen, como fuegos de agosto,
se asoman a la pantalla, juegan al escondite.
“¡Pero qué locura! ¡Esto no es lo que yo he hecho!”
grita entre risas, retornando al principio.
Con cada paso que da, se halla en un nuevo compás,
escribiendo funciones como quien pinta en un bazar.
Una taza olvidada, un bocadillo al azar,
luz verde en el monitor, ¡qué más se podría pedir!
Mientras el tiempo fluye, un código a estrenar,
y el ingeniero se ríe: “¡Esto es un gran festín!”
“Tengo un bug por aquí y un efecto especial,”
las líneas se deslizan, su talento es cabal.”
Al fin llega el momento de hacer la prueba real,
presiona el botón y empieza a sudar frío.
Vuelven sus pensamientos, va todo a estallar,
y en la pantalla brilla: "Error 420: Tío."
Con una risita εиро se rinde a la necesidad,
“¡Calma! ¡Todo funciona, solo es creatividad!”
Así, el ingeniero, entre humo y euforia,
escribe su destino, un poema sin fin.
Con algoritmos locos, con el alma en la gloria,
se siente un artista, un filósofo zen,
y cuando apague la pantalla, luego de parpadear,
sabrá que en su viaje, del código vivirá.
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