
En un concurso de baile, todos estaban volando,
los jueces reían mientras el ritmo empezaba.
Con pasos torpes, algunos se resbalaban,
pero las risas contagiosas jamás se apagaban.
Uno se movía como una gelatina,
mientras el otro luchaba con su propia espina.
Un tipo giró como derviche encantado,
pero terminó más mareado que inspirado.
Su amigo en un rincón, aplaudía con ego,
"¡Eres el rey!", decía entre risas y luego,
se lanzó a la pista, haciendo un gran ruido,
se olvidó de los pasos, todo estaba perdido.
Las luces parpadeaban, el humo flotaba,
y cada competidor a su modo bailaba.
Había uno en su mundo, con ojos de estrellas,
olvidó que eran muchos, pensó que eran tres bellas.
Sus movimientos eran pura confusión,
pero todos lo aplaudían con gran emoción.
Un pirata llegó, con garra y parche,
tronando su voz como un viejo azote,
"¡Este es mi barco!", gritó haciendo un baile,
mientras un pez ciego escapaba de un galeón.
Un cómico duelo comenzó en la pista,
donde el rey del THC era nuestra conquista.
Los jueces se reían, ya no se aguantaban,
los competidores, mejor no los juzgaban.
Con un salto final, el pirata tropezó,
y el público estalló, “¡Mejor que un show!”
Risas resonaban, el prêmio brillaba,
era una planta verde que todos ganaban.
Así terminó el baile, bajo un cielo estrellado,
donde cada competidor era un poco más amado.
En vez de trofeo, sólo risas se daba
y el mejor del THC, al fin, se rinde y se abraza.
El concurso sagrado, de puro chiste,
donde todos aprendieron que lo importante es la risa.
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