
En un campo de flores, un apicultor,
con la mente en las nubes y un gran sonsonete,
decidió que el desayuno, sin granilor,
sería un buen batido de miel y... un canabete.
Con su traje de abeja, tan clásico y gris,
se pierde en el campo, cual rey en la niebla,
y las abejas riendo, "¡qué locura es esta!"
quieren polen, no versos, ¡suena a chiste de país!
Al notar que su miel ahora sabe a vaivén,
él piensa que es oro, su apuesta es un sueño.
Pero las abejas, con risa de ten,
le robaron el tarro, el muy iluso dueño.
Y al final del día, entre risas y zumbidos,
el apicultor elevado rió, ¡qué diversión!
su trabajo es un arte, aunque algo dividido,
las abejas son reinas, ¡y él un gran trovador!
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